Eugene Karlov, el muchacho del libro
Eugene Karlov nunca supo quiénes fueron sus padres.
Ni siquiera estaba seguro de haber tenido alguna vez un hogar.
Sus primeros recuerdos eran las calles de Phaion: el frío de las noches bajo los soportales, el olor de los puestos del mercado al amanecer y la costumbre de dormir donde nadie fuera a echarlo.
Aprendió pronto que en las calles un muchacho que no tiene familia debe aprender a pasar desapercibido.
No llamar la atención.
No molestar.
No coger más de lo necesario.
Y, sobre todo, saber cuándo correr.
Eugene nunca fue especialmente fuerte ni especialmente hábil para conseguir dinero. Tampoco tenía la personalidad necesaria para imponerse a otros muchachos.
Era tímido.
Demasiado educado para aquel mundo.
Cuando alguien le daba algo, siempre daba las gracias.
Cuando alguien le gritaba, bajaba la mirada.
Y cuando tenía que hablar con un desconocido, solía pensar primero tres veces lo que iba a decir.
Quizá por eso sobrevivió.
Porque aprendió a no buscar problemas.
Hasta que conoció a un anciano comerciante de libros antiguos y baratijas.
El hombre tenía una pequeña tienda en una de las calles menos transitadas de Phaion.
No era una tienda especialmente bonita.
Estaba llena de estanterías torcidas, cajas polvorientas, mapas antiguos, pequeños objetos cuyo propósito nadie parecía conocer y libros que olían a humedad.
El anciano tenía un carácter terrible.
Gruñía constantemente.
Se quejaba de los clientes.
Insultaba a los proveedores.
Y tenía la costumbre de llamar a Eugene “muchacho” incluso después de varios años.
La primera vez que lo encontró rebuscando entre unas cajas detrás de la tienda, estuvo a punto de echarlo.
Pero no lo hizo.
En lugar de eso, señaló una vieja habitación utilizada como almacén.
—Si vas a dormir ahí, al menos no rompas nada.
Eugene lo miró sin entender.
—¿Puedo…?
—He dicho que puedes dormir ahí.
—Gracias, señor.
—Y deja de darme las gracias por todo.
Eugene asintió.
—Sí, señor.
El anciano gruñó.
—Eso también.
Aquella noche Eugene durmió bajo techo por primera vez en mucho tiempo.
Y al día siguiente descubrió que había desayuno.
Después descubrió que también habría cena.
Y que, aunque el anciano jamás lo reconocería, había empezado a guardar una parte de sus ganancias para asegurarse de que el muchacho nunca volviera a pasar hambre.
Nunca hablaron de ello.
Simplemente sucedía.
Con el tiempo, Eugene empezó a ayudar en la tienda.
Ordenaba libros.
Limpiaba estanterías.
Transportaba cajas.
Hacía pequeños encargos por la ciudad.
Y, poco a poco, dejó de sentirse como un huésped.
Aunque ninguno de los dos lo dijo jamás en voz alta, aquella tienda se había convertido en su hogar.
El anciano, sin embargo, tenía algo extraño.
Eugene lo descubrió poco a poco.
Había libros que nunca le permitía tocar.
Cajas que guardaba bajo llave.
Clientes que entraban, hablaban con él en voz baja y se marchaban sin comprar nada.
Algunas noches, cuando creía que Eugene dormía, el anciano permanecía despierto hasta altas horas de la madrugada revisando documentos que después volvía a esconder.
Eugene nunca preguntó.
Había aprendido que algunas preguntas podían ser peligrosas.
Y el anciano jamás habló de su pasado.
Hasta que un día dejó un libro sobre el mostrador.
Era un ejemplar viejo.
Muy viejo.
La cubierta estaba desgastada y carecía de título.
Las páginas estaban amarillentas y algunas incluso habían sido reparadas con trozos de papel de distinta época.
A primera vista parecía un antiguo manual de boticario.
Había dibujos de plantas.
Diagramas.
Fórmulas.
Anotaciones sobre minerales y sustancias.
Incluso recetas para preparar ungüentos, tinturas y compuestos.
Pero había algo extraño.
Algunas de las fórmulas no tenían sentido.
Los símbolos se repetían de una manera demasiado precisa.
Había diagramas dentro de otros diagramas.
Círculos incompletos.
Palabras aparentemente mal escritas.
Y pequeños símbolos que aparecían siempre en los márgenes.
Eugene pasó semanas estudiándolo.
Después meses.
Cuanto más avanzaba, más evidente resultaba que aquel libro no era un simple manual de boticario.
Era un código.
Y detrás del código había algo mucho más antiguo.
Alquimia.
Pero no solo alquimia.
El libro contenía referencias a círculos de transmutación, creación de materiales, preparación de componentes y, entre las páginas más deterioradas, instrucciones para establecer vínculos con criaturas de otros planos.
Invocación.
Eugene apenas había conseguido descifrar una parte.
Pero fue suficiente.
Comenzó a experimentar.
Al principio solo consiguió humo.
Después pequeñas explosiones.
Una vez consiguió que una cuchara se convirtiera en una masa gelatinosa durante unos segundos.
El anciano casi le arrancó el libro de las manos.
—¿Qué demonios estás haciendo?
Eugene bajó la mirada.
—Lo siento.
El anciano permaneció en silencio.
Después miró el libro.
Durante unos segundos, su expresión cambió.
No fue miedo exactamente.
Pero sí reconocimiento.
—No deberías haber podido leer eso.
Eugene levantó la cabeza.
—¿Qué?
El anciano volvió a ser el de siempre.
Gruñón.
Malhumorado.
Impenetrable.
—Nada. Sigue limpiando las estanterías.
Nunca volvió a hablar del asunto.
Pero tampoco volvió a esconder el libro.
Con los años, Eugene consiguió descifrar pequeñas partes.
Aprendió los principios básicos de la alquimia.
Aprendió a trabajar algunos metales.
Descubrió cómo preparar determinados componentes.
Y finalmente consiguió algo que nunca había imaginado posible.
Una invocación.
La primera criatura apenas era más grande que un gato.
Pequeña.
Extraña.
Torpe.
Y completamente obediente.
Eugene la observó durante varios segundos.
La criatura lo miró.
—Hola…
El ser ladeó la cabeza.
Eugene sonrió tímidamente.
—Supongo que tendremos que aprender juntos.
No era poderoso.
Ni siquiera especialmente útil.
Pero era suyo.
Y, por primera vez en su vida, Eugene había creado algo que permanecía a su lado porque él lo había decidido.
No porque le debiera dinero.
No porque tuviera miedo.
No porque alguien le hubiera obligado.
Simplemente porque existía un vínculo.
Desde entonces había conseguido invocar algunos seres más.
Pequeños.
Limitados.
Todavía imperfectos.
Pero cada uno de ellos era una prueba de que estaba avanzando.
Y entonces ocurrió lo de La Dama.
Aquella mañana, Eugene había salido de la tienda para realizar uno de sus encargos habituales.
Debía entregar un pequeño paquete al otro lado de la ciudad.
Nada importante.
Nada que tuviera relación con nobles, gremios o grandes aventuras.
Simplemente un encargo.
Cuando regresaba hacia la tienda, encontró algo en el suelo.
Un sobre.
Eugene se detuvo.
Miró a ambos lados.
Nadie parecía buscarlo.
Se agachó y lo recogió.
Dentro había un billete.
Papel grueso.
Filigranas doradas.
Y el emblema de La Dama.
Eugene lo contempló durante unos segundos.
Había escuchado hablar del viaje inaugural.
Todo Phaion hablaba de ello.
Pero aquello era claramente un billete de invitación.
Y no le pertenecía.
Eugene miró hacia el puerto aéreo.
Después miró el billete.
—Debería devolverlo…
Y echó a andar.
Cuando llegó al puerto, La Dama ya estaba preparada para partir.
Los pasajeros embarcaban apresuradamente.
Los trabajadores corrían de un lado a otro.
Los motores de cristal comenzaban a emitir su característico zumbido.
Eugene se acercó a uno de los guardias.
—Disculpe.
El hombre no respondió.
—Perdone.
Nada.
Eugene tragó saliva.
—Señor…
El guardia finalmente se volvió.
—¿Qué ocurre?
Eugene levantó el sobre.
—He encontrado esto.
El guardia miró el billete.
Después miró a Eugene.
Después volvió a mirar el billete.
—¿Es usted uno de los pasajeros?
—No, señor.
—¿Entonces por qué tiene el billete?
—Lo encontré en la calle. Venía a entregarlo.
El guardia miró hacia el zepelín.
Una campana sonó.
Una vez.
—¡Última llamada! ¡Todos los pasajeros a bordo!
El guardia palideció.
—¡Por todos los santos!
Echó un vistazo al billete.
Después a Eugene.
—¡Vamos!
—¿Perdón?
El hombre lo agarró del hombro y empezó a empujarlo hacia la pasarela.
—¡No podemos retrasar la partida por un rezagado!
—Pero yo no soy—
—¡Rápido!
—¡Señor, creo que hay un error!
—¡Suba!
—¡Pero el billete no es mío!
—¡Ya discutiremos eso dentro!
Eugene apenas tuvo tiempo de reaccionar.
Unos segundos después estaba en la pasarela.
Luego en la cubierta.
Y antes de comprender realmente qué había ocurrido, las puertas se cerraron detrás de él.
Eugene se quedó inmóvil.
Miró a su alrededor.
Nobles.
Mercaderes.
Sirvientes.
Guardias.
Pasajeros vestidos con sus mejores galas.
Y él.
Con la ropa de trabajo.
Un pequeño bolso al hombro.
Y un libro antiguo escondido bajo la chaqueta.
El joven miró hacia la pasarela.
Ya se estaba retirando.
—Oh…
Se acercó a uno de los tripulantes.
—Disculpe…
El hombre pasó de largo.
Eugene tragó saliva.
—Creo que… creo que hay un error.
Nadie pareció escucharlo.
Entonces los motores de cristal rugieron.
La cubierta vibró bajo sus pies.
Phaion comenzó a alejarse lentamente.
Eugene corrió hasta la barandilla.
La ciudad se hacía cada vez más pequeña.
—No puede ser…
Miró el billete que todavía sostenía entre los dedos.
Por alguna razón, el nombre del pasajero no estaba escrito.
Solo había una inscripción:
Mesa número siete.
Eugene volvió a mirar el puerto.
Ya estaba demasiado lejos.
Suspiró.
Después guardó cuidadosamente el billete.
—Supongo que… tendré que explicar esto.
Y, sin saberlo, el muchacho que había pasado toda su vida intentando no llamar la atención acababa de convertirse en pasajero del viaje más extraño de la historia reciente de Phaion.
Aunque quizá lo más extraño no era que hubiese encontrado aquel billete.
Lo verdaderamente extraño era que alguien lo había dejado exactamente en su camino.