El comienzo de la rebelión

Pasaron varias horas.

La fiesta continuaba. La música seguía sonando y el alcohol corría entre las mesas.

La mayoría de los pasajeros había bajado la guardia.

Entonces…

La puerta se abrió.

Un guardia entró en la sala.

Pero esta vez algo era diferente.

Los demás guardias se tensaron inmediatamente.

Sus manos fueron hacia las armas.

El recién llegado avanzó unos pasos.

Su rostro era diferente al de los demás.

Más duro.

Más curtido.

Aquel hombre sí parecía haber estado en una batalla.

Miró a los pasajeros.

Y habló.

—Escuchadme todos.

Las conversaciones murieron.

—A partir de este momento, estáis bajo el control de nuestro capitán.

Un murmullo recorrió la sala.

El hombre continuó.

—El viaje ha terminado.

Algunos pasajeros comenzaron a protestar.

—¿Qué significa esto?

—¡Exijo hablar con el capitán!

—¡Soy un ciudadano de Phaion!

El hombre sonrió.

—Seréis vendidos.

Silencio.

—Como esclavos.

La sala explotó en gritos.

Uno de los burgueses dio un paso al frente.

—¡No puede hacer esto!

El guardia se movió.

Rápido.

Demasiado rápido.

Un destello.

Un movimiento seco.

El hombre cayó al suelo.

La sangre comenzó a extenderse bajo su cuerpo.

El guardia se volvió hacia la sala.

Sus ojos se detuvieron en Lisandro.

—Si no hacéis el tonto, todo acabará bien.

Miró el cadáver.

—Si no…

Le propinó una patada.

El cuerpo rodó unos centímetros.

—Acabaréis como él.

Valeria dio un paso adelante.

—Creo que todos podemos calmarnos y—

¡PLAF!

La mano del guardia impactó contra su rostro.

Valeria salió despedida.

Su cuerpo golpeó contra la mesa.

Durante un instante todo quedó en silencio.

Valeria sintió el sabor metálico de la sangre en la boca.

Levantó lentamente la mirada.

Y sonrió.

No era una sonrisa amable.

Era una promesa.

Ese hombre acababa de cometer un error.

Eugene se acercó rápidamente para ayudarla.

Valeria habló en voz baja.

—¿Puedes conjurar algo?

Eugene se quedó paralizado.

La miró.

—¿Cómo…?

Entonces comprendió.

Había sido demasiado descuidado.

Lisandro también lo sabía.

Maldijo por lo bajo.

Eugene tragó saliva.

—Puedo pedir ayuda.

Miró hacia los guardias.

—Pero no son poderosos.

Valeria observó la sala.

Cinco guardias.

De momento.

—Con que los distraigas será suficiente.

Miró a Lisandro.

—Tenemos que actuar rápido.

Eugene respiró profundamente.

Metió las manos en uno de sus bolsillos.

Sacó varios pequeños objetos metálicos.

Parecían simples tuercas.

Los lanzó al aire.

Y entonces…

comenzaron a cambiar.

El metal se deformó.

Las pequeñas piezas crecieron.

Se retorcieron.

Adquirieron patas.

Garras.

Mandíbulas.

En cuestión de segundos, varias criaturas metálicas, aproximadamente del tamaño de una rata, cayeron sobre el suelo.

Parecían una mezcla imposible entre hormigas y pequeños animales mecánicos.

Sus dientes eran de hierro. Sus cuerpos estaban formados por placas metálicas.

Y atacaron.

✦

Al mismo tiempo…

CLANG.

Una cadena atravesó la pared.

Después otra.

Los eslabones volaron por el aire como si una fuerza invisible los guiara.

Y terminaron directamente en las manos de Lisandro.

Había recuperado sus armas.

La sala se convirtió en un caos.

Los guardias desenvainaron.

Las criaturas saltaron sobre ellos.

Lisandro lanzó sus cadenas.

Valeria se incorporó.

Su bastón parecía un simple bastón elegante.

Hasta que una pequeña sección inferior se abrió.

Una hoja oculta apareció.

La primera estocada alcanzó a uno de los guardias.

El veneno hizo efecto casi inmediatamente.

El hombre perdió fuerza en los músculos y cayó de rodillas.

Lisandro consiguió apresar al líder de los atacantes con sus cadenas.

Valeria aprovechó la oportunidad.

CRACK.

El mango de su bastón impactó contra la cabeza del hombre.

Una sonrisa apareció en la comisura de sus labios.

—Eso es por la bofetada.

✦

Desde la habitación…

Ronan observaba.

Había seguido el sonido del combate.

Las cadenas habían atravesado la pared y habían dejado un agujero suficiente para permitirle mirar.

El noble observó la escena.

Criaturas metálicas.

Cadenas.

Veneno.

Guardias luchando.

Valeria golpeando al cabecilla.

Ronan sonrió.

—Desde luego…

Miró alrededor de su habitación.

—No puedo decir que el viaje sea aburrido.

✦

Pero entonces algo salió mal.

Una de las criaturas metálicas saltó sobre otro guardia.

El hombre perdió el equilibrio.

Retrocedió.

Y cayó directamente sobre la mesa.

La mesa se desplazó.

Y Eugene quedó completamente al descubierto.

El muchacho abrió los ojos.

El guardia lo miró.

Eugene levantó su arma.

No parecía saber siquiera dónde apuntaba.

—Yo…

BANG.

El disparo resonó por toda la sala.

El guardia cayó al suelo.

Muerto.

Eugene permaneció inmóvil.

El arma todavía temblaba entre sus manos.

Su rostro había perdido todo color.

Miró el cadáver.

—Yo…

No terminó la frase.

✦

El silencio regresó poco a poco.

El cabecilla yacía muerto. Un guardia estaba paralizado por el veneno. Otro había muerto por el disparo.

Las criaturas metálicas seguían combatiendo contra los hombres que quedaban.

Pero los guardias de la entrada habían aguantado.

Miraron a sus compañeros.

Después miraron a los pasajeros.

Después volvieron a mirarse entre ellos.

Uno bajó lentamente su arma.

—¡Corred!

Los dos echaron a correr.

Atravesaron la puerta.

La cerraron de golpe.

CLANG.

La atrancaron desde fuera.

Durante unos segundos nadie se movió.

En el suelo quedaban los cuerpos.

La sangre.

Las criaturas metálicas.

El arma todavía humeante de Eugene.

Y cuatro pasajeros que, hasta hacía apenas unos minutos, eran completos desconocidos.

Ahora estaban juntos.

Y acababan de matar para sobrevivir.

Al otro lado de la puerta se escucharon pasos alejándose.

Luego…

silencio.

La mesa siete había dejado de ser una mesa de invitados.

Ahora era el centro de una rebelión.

Y nadie sabía todavía cuántos hombres quedaban en el resto de La Dama.

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