El precio de las nubes

El humo del cigarrillo se enroscaba en espirales perezosas bajo los candiles de latón de Aurum, un tugurio de mala muerte disfrazado de taberna respetable. Valeria Sterling apoyó los codos sobre la mesa de roble manchada, el mentón en sus dedos enguantados, y observó el ir y venir de la clientela con la mirada distraída de quien solo espera una copa. Pero su pupila derecha, tras el monóculo oculto en el bolsillo del chaleco, ya había catalogado a cada parroquiano: tics nerviosos, grosor de carteras, peso de las manos sobre la madera. Ella no estaba allí por el coñac.
Llevaba tres días en Phaion, durmiendo en pensiones de sábanas ásperas y comiendo pan duro, pero su esmoquin seguía impecable —el satén negro absorbía la luz como un pozo, y el corsé de cuero endurecido le ceñía el talle con la promesa de una armadura invisible—. Nadie miraba dos veces a una mujer de su porte en un antro así; eso era exactamente lo que necesitaba. En su bolso de gala, junto al ballestín plegable y los frascos de reactivos, guardaba un recorte de periódico arrugado: el anuncio del sorteo popular del Zepelín La dama, el viaje inaugural de la nave más lujosa que los astilleros de la Alianza Azur habían botado en décadas.

«Un billete para un ciudadano de bien. Inscripción libre. Sorteo público.»
Valeria había sonreído al leerlo. «Ciudadano de bien» era un eufemismo para «alguien lo bastante estúpido como para creer que la suerte le sonreía». La probabilidad de que un desconocido cualquiera ganara aquel sorteo era de una entre veinte mil, pero Valeria no jugaba a la lotería; jugaba a la estadística. Hizo lo que cualquier exploradora de Selene haría: rastreó el historial de los sorteos organizados por la misma casa patrocinadora durante los últimos cinco años. No hubo azar: los ganadores siempre compartían un perfil común. Empleados de mediana categoría, con deudas y sueños de evasión, que habían comprado exactamente tres boletos en el quiosco de la calle del Fénix entre las seis y las siete de la tarde. Patrón recurrente. Sesgo del algoritmo de asignación. Error humano en la generación de números.

Con ese dato, Valeria acudió al quiosco el día del sorteo, se hizo pasar por una inspectora de la lotería municipal —un vestido prestado de su fondo de emergencia, una placa falsa y una sonrisa que desarmaba hasta a los sargentos más escépticos— y obtuvo la lista de compradores de esa franja horaria. Filtró por deudas registradas en los archivos públicos de Phaion. Cruzó con direcciones de barrios modestos. Le quedó un solo nombre: Edmund Harlow, contable en una fábrica textil, padre de dos, hipoteca impagada, y un sueño secreto de llevar a su esposa a conocer las nubes.
Valeria dobló el periódico y salió de la taberna. Llevaba el moño alto, sujeto con sus agujas de plata, y el bastón de paseo de empuñadura de víbora golpeaba el adoquín con un ritmo pausado. No necesitaba correr. El destino de Edmund ya estaba escrito en las tablas de su propia desdicha.
Lo encontró en el mercado de los Soportales, comprando manzanas podridas a mitad de precio. Era un hombre de hombros caídos, con el cuello de la camisa deshilachado y una mirada que evitaba los escaparates de las tiendas finas. Valeria se detuvo a su lado, fingiendo interesarse por un puesto de cintas de seda. No le dirigió la palabra de inmediato. Dejó que él la viera: su esmoquin reluciente, el brillo de las rubíes en la empuñadura, la forma en que su melena naranja parecía arder bajo el sol de la tarde. Edmund tragó saliva y desvió la mirada, avergonzado de su propia presencia.
—Disculpe —dijo Valeria, volviéndose hacia él con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. ¿Sabe si este vendedor acepta pagos con cheques del Banco de la Alianza?
Edmund parpadeó. Su voz salió ronca. —N-no, señora. Aquí solo efectivo.
—Qué lástima. —Valeria suspiró con dramatismo, dejando caer una cinta de terciopelo carmesí sobre el mostrador—. Uno se esfuerza por encontrar un regalo para su esposa, y luego resulta que el mundo es tan… plebeyo.
Pronunció plebeyo como si escupiera un hueso. Edmund se encogió. Valeria lo midió con la mirada: el hombre llevaba en el bolsillo interior del chaleco un sobre que sobresalía apenas un dedo. Había visto cientos de sobres como ese en manos de deudores: el papel verduzco del sorteo, con el sello dorado del Zepelín Aurum. Era su billete. Aún no lo había canjeado por la tarjeta de embarque.
—¿Le ocurre algo? —preguntó Valeria, inclinando la cabeza con fingida preocupación—. Parece usted un hombre apesadumbrado. Y un hombre apesadumbrado en un mercado de frutas baratas es un enigma que merece ser escuchado.
Edmund se ruborizó. No estaba acostumbrado a que una mujer tan elegante le dirigiera la palabra, y menos aún con ese tono de confidencia. Tartamudeó algo sobre sus deudas, su trabajo, sus hijos. Valeria asintió con gravedad, como si cada palabra fuera una joya de sabiduría. Cuando él mencionó el sorteo, ella puso una mano sobre su brazo —un gesto leve, casi maternal— y bajó la voz:

—¿El sorteo del zepelín? ¿Ha ganado usted?
—Sí —susurró Edmund, con una mezcla de orgullo y miedo—. Pero no sé si debo ir. Mi mujer dice que es una locura gastar en ropa de gala y dejar a los niños solos.
—Su mujer es sensata. —Valeria lo miró a los ojos, y en su mirada había una verdad que solo ella conocía—. Porque yo he oído cosas, señor Harlow. Cosas que no se publican en los periódicos.
Edmund palideció. —¿Qué cosas?
Valeria se inclinó hacia él, su perfume de jazmín y pólvora envolviéndolo como una niebla. —El zepelín no es un viaje de placer. La Alianza Azur lo usa como banco de pruebas para nuevos sistemas de flotación. Tres prototipos han caído en el último año. Pero claro, ellos no lo dicen. Prefieren que los ciudadanos de bien sean los conejillos de indias.
Fue una mentira hábilmente tejida con hebras de verdad: un accidente en un aerostato militar, una filtración sobre pruebas de estabilidad, el nombre de un ingeniero despedido. Valeria había pasado la noche anterior memorizando informes técnicos para darle verosimilitud a su farsa. Edmund la escuchó con los ojos desorbitados.
—Pero mi billete… —balbució.
—Es un papel condenado. —Valeria suspiró, y su mano aún reposaba sobre el brazo de él, cálida y firme—. Usted no quiere subir a esa nave, señor Harlow. Quiere pagar sus deudas, comprar un abrigo nuevo para su esposa y llevar a sus hijos al circo. Yo puedo darle eso a cambio de ese billete. Y además, le haré el favor de deshacerme de él. Yo tengo contactos en la prensa; puedo asegurarme de que esta historia salga a la luz.
Edmund la miró, buscando el engaño, pero el rostro de Valeria era un poema de sinceridad. No había mentira en sus gestos, solo la certeza de quien ofrece una tabla de salvación a un náufrago. El contable dudó cinco segundos. Luego, con manos temblorosas, extrajo el sobre y se lo entregó.
—Tome —dijo, y su voz era un alivio—. Llévelo. Yo… yo no quiero morir en las nubes.

Valeria tomó el sobre con la punta de los dedos, como si recogiera un objeto infectado. Su sonrisa se suavizó hasta volverse casi tierna. Extrajo de su bolso un fajo de billetes —el dinero de su adelanto de misión, que Selene le había facilitado— y lo puso en la palma de Edmund.
—Compre algo bonito para su mujer. Y no mire atrás.
El hombre se fue con la prisa del que escapa de un incendio. Valeria se quedó en el mercado, girando el sobre entre sus dedos. La víbora de plata en su bastón parecía devolverle una mirada cómplice.
Aquella noche, en su habitación de la pensión, desplegó el billete sobre la mesa. El papel era grueso, con filigranas doradas y el emblema del zepelín: un sol alado surcando las nubes. Valeria lo alzó contra la luz de la lámpara de aceite y sonrió por primera vez en días. No era la sonrisa de la ganadora, sino la del jugador de ajedrez que ha movido su pieza sin que el oponente se diera cuenta.
Al día siguiente, se presentaría en el puerto aéreo con el nombre de Lady Seraphine Voss, una aristócrata excéntrica de provincias. Nadie cuestionaría su presencia; la riqueza tenía ese privilegio. Mientras tanto, su moño alto brillaba bajo la luz mortecina, y las agujas de plata esperaban en su cabello, silenciosas y afiladas, como los secretos que estaban a punto de desentrañar a bordo del La dama.
Selene no necesitaba fe ni banderas. Necesitaba información, influencia y, sobre todo, billetes. Y Valeria Sterling, la niña de los callejones de Phaion, acababa de conseguir el suyo con la misma facilidad con que otros compran un periódico