Los pasajeros de la mesa siete
Valeria fue la primera en llegar.
Atravesó la pasarela con paso tranquilo, aunque sus ojos no dejaban de moverse. Observó a los pasajeros, los vestidos, las joyas, los criados, los camareros y los guardias.
Y, sobre todo, las puertas.
No había llegado hasta allí para disfrutar de la fiesta.
Después de unos minutos, localizó su mesa.
La número siete.
Se sentó y comenzó a observar.
No tuvo que esperar demasiado para que apareciera el siguiente pasajero.
Un joven de aspecto educado y tímido entró acompañado por uno de los guardias. El hombre reparó inmediatamente en las cadenas que llevaba consigo.
—Eso no puede entrar en el salón.
Lisandro miró sus cadenas.
Durante unos segundos pareció que iba a protestar. Finalmente suspiró.
Hacía muchos años que aquellas cadenas formaban parte de él.
Se las entregó al guardia.
—Las guardaremos en su camarote.
Lisandro asintió.
—De acuerdo.
El guardia se marchó con ellas. Lisandro se quedó mirando cómo desaparecían antes de dirigirse hacia la mesa.
Al reconocer que compartía asiento con Valeria, hizo una pequeña inclinación de cabeza.
—Buenas tardes.
—Buenas tardes.
La conversación fue breve. Educada. Un poco tímida.
Lisandro aceptó una copa de champán que le ofreció uno de los camareros, aunque apenas bebió un poco. No estaba acostumbrado al alcohol.
Finalmente sacó de su zurrón una pequeña libreta y un lápiz.
Y comenzó a dibujar.
No parecía prestar demasiada atención a la conversación, pero sus ojos recorrían constantemente la sala.
✦
El tercer pasajero apareció poco después.
Ronan Silversword.
Su llegada fue diferente. No necesitó buscar su mesa.
Se dirigió directamente hacia ella.
Valeria reconoció inmediatamente el escudo que llevaba.
Los Silversword.
Una familia aristocrática.
No reconoció, sin embargo, al hombre que lo portaba.
Ronan fue educado. Correcto. Pero distante.
No había pasado mucho tiempo cuando algunos burgueses que reconocieron su apellido comenzaron a acercarse.
Ronan los atendió con cortesía. Sonrió. Respondió a sus preguntas y escuchó sus alabanzas.
Pero cualquiera que prestara atención podía darse cuenta de que aquello era lo último que le apetecía hacer.
Mientras tanto, la cuarta silla seguía vacía.
Hasta que apareció Eugene.
El joven prácticamente llegó arrastrado por un guardia que parecía tener mucha más prisa que él.
—¡Vamos, muchacho! ¡El embarque está terminando!
—Pero… yo solo he encontrado el billete…
—Sí, sí. Ya lo explicarás dentro.
—Creo que hay un error.
—¡A bordo!
Eugene miró desesperadamente a su alrededor.
—No debería estar aquí…
Pero la puerta se cerró detrás de él.
Y, por algún motivo que todavía no comprendía, Eugene Karlov acababa de convertirse en pasajero de La Dama.
✦
Unos minutos después apareció el capitán.
Su uniforme estaba impecablemente planchado. Su presencia provocó que las conversaciones se apagaran poco a poco.
—Damas y caballeros.
Hizo una breve reverencia.
—En nombre del gremio de aeronautas y de la tripulación de La Dama, quiero agradecerles su presencia en este viaje inaugural.
Un breve discurso. Formal. Correcto. Nada especialmente memorable.
Al fin y al cabo, aquella parte del zepelín no estaba destinada a los grandes nobles de Phaion. Allí estaban los burgueses adinerados, los nuevos ricos y los comerciantes que habían conseguido suficiente fortuna para comprar un asiento cerca de quienes realmente tenían poder.
El capitán terminó.
Los pasajeros aplaudieron.
Y poco después…
La Dama comenzó a elevarse.
Primero lentamente.
Después con mayor velocidad.
Phaion empezó a alejarse bajo sus pies.
Los canales se hicieron pequeños. Los puentes parecían líneas trazadas sobre el agua.
La gente que permanecía en tierra levantaba las manos y vitoreaba.
Dentro del zepelín, las copas se alzaron.
La música comenzó.
Y, durante unos minutos…
Todo parecía perfecto.