El coleccionista de lo imposible
Nombre: Alistair Vance
Edad: 35 años
Profesión: Alquimista e investigador
Concepto: Portador del Don incompleto
Relación con Nathael: Antiguo propietario del artefacto
Un hombre que quería entenderse a sí mismo
Nadie sabe exactamente cuándo comenzó su obsesión.
Algunos dicen que siempre fue un hombre curioso.
Otros que la obsesión nació el día en que descubrió que había algo dentro de él que no podía explicar.
Lo cierto es que, desde muy joven, descubrió que poseía el Don.
Una capacidad que no había aprendido.
No había estudiado para conseguirla.
Simplemente estaba allí.
Al principio fue una curiosidad.
Después se convirtió en una pregunta.
Y finalmente en una obsesión.
¿Qué era realmente aquello que había dentro de él?
No encontraba respuestas en los estudios convencionales.
Los maestros que consultaba utilizaban términos diferentes.
Magia.
Don.
Bendición.
Maldición.
Energía sobrenatural.
Ninguna explicación terminaba de convencerle.
Así que decidió investigar por su cuenta.
La alquimia como herramienta
Con el tiempo comenzó a estudiar alquimia.
No porque quisiera convertirse en un gran alquimista.
La alquimia era simplemente una herramienta.
Una forma de medir.
De experimentar.
De reproducir fenómenos.
De observar aquello que normalmente no podía verse.
Construyó instrumentos.
Preparó sustancias.
Estudió minerales.
Adquirió libros antiguos.
Y comenzó a reunir objetos relacionados con fenómenos sobrenaturales.
Cada pieza podía contener una respuesta.
O eso pensaba.
Su casa terminó convirtiéndose en una mezcla entre laboratorio, biblioteca y museo.
Frascos llenaban las estanterías.
Había instrumentos alquímicos sobre las mesas.
Manuscritos antiguos junto a piedras extrañas.
Pequeños objetos mágicos encerrados en recipientes de cristal.
Y en una habitación especialmente protegida guardaba aquellos objetos que todavía no había conseguido comprender.
Él los llamaba:
las piezas de lo imposible.
El artefacto
Uno de esos objetos era un pequeño cristal que había adquirido años atrás.
No sabía quién lo había creado.
Tampoco conocía su propósito original.
Lo único que había descubierto era que el cristal reaccionaba ante determinadas formas de energía sobrenatural.
A veces brillaba.
A veces se calentaba.
En ocasiones permanecía completamente inerte.
Había realizado decenas de experimentos.
Había intentado utilizar su propio Don.
Había probado diferentes sustancias alquímicas.
Había utilizado rituales.
Había sometido el objeto a distintas fuentes de energía.
Nada.
El cristal parecía estar esperando algo.
Pero no sabía qué.
Durante años aceptó que quizá jamás descubriría la respuesta.
Hasta que apareció Nathael.
La noche del robo
Cuando aquella noche regresó a su casa, supo inmediatamente que algo no estaba bien.
Una puerta abierta.
Un objeto fuera de lugar.
Una ventana que no había dejado así.
No tardó en encontrar al intruso.
Un muchacho.
Diecisiete años, aproximadamente.
Demasiado joven para ser un ladrón profesional.
Demasiado nervioso para ser un asesino.
El chico intentó escapar.
Él lo siguió.
Y entonces ocurrió.
El muchacho utilizó el artefacto.
Durante un instante, el cristal brilló con una intensidad que jamás había conseguido provocar.
Después una explosión de luz llenó el callejón.
El hombre quedó cegado.
El muchacho escapó.
Cuando recuperó la visión, lo primero que hizo no fue perseguirlo.
Miró el lugar donde había caído el artefacto.
Ya no estaba.
El chico se lo había llevado.
Y por primera vez en muchos años, el investigador tuvo una respuesta.
Aunque todavía no comprendía cuál era la pregunta.
La teoría equivocada
Comenzó a reconstruir aquella noche.
El artefacto había reaccionado.
El muchacho había producido la luz.
Por tanto, para él la conclusión era evidente.
El muchacho había utilizado magia.
No podía imaginar otra explicación.
No sabía qué clase de hechizo había empleado.
No sabía de dónde procedía su conocimiento.
Pero estaba convencido de que había una relación entre el muchacho y el artefacto.
Comenzó a investigar.
Preguntó en los bajos fondos.
Pagó a informantes.
Buscó rumores.
Preguntó por un joven de diecisiete años que frecuentaba determinados barrios.
Y poco a poco descubrió un nombre.
Nathael.
El Don
Su propia habilidad seguía siendo un misterio.
El Don estaba allí, pero no podía dominarlo completamente.
Podía utilizarlo.
Podía reproducir algunos efectos.
Pero siempre había algo que escapaba a su comprensión.
Eso era lo que más le frustraba.
No quería simplemente tener poder.
Quería comprenderlo.
Quería descubrir de dónde procedía.
Qué lo provocaba.
Qué límites tenía.
Y si podía desarrollarlo.
Por eso la pérdida del artefacto no era simplemente una cuestión económica.
Era personal.
Aquel cristal representaba años de investigación.
Quizá incluso la posibilidad de comprender finalmente su propia naturaleza.
Y ahora estaba en manos de un muchacho que probablemente ni siquiera sabía lo que llevaba encima.
Un antagonista diferente
No considera a Nathael su enemigo.
Al menos no al principio.
Para él, Nathael es un problema.
Un ladrón que posee algo que le pertenece.
Un joven que accidentalmente ha demostrado algo que él llevaba años intentando conseguir.
Quiere encontrarlo.
Quiere recuperar el artefacto.
Y quiere interrogarlo.
Pero no necesariamente quiere matarlo.
De hecho, si descubre que Nathael puede reproducir conscientemente el fenómeno que activó el artefacto, probablemente su interés aumente.
Quizá incluso intente convencerlo.
Puede ofrecerle dinero.
Protección.
Conocimientos.
Una vida lejos de los bajos fondos.
Todo a cambio de una cosa:
que le permita estudiar su poder.
El error que puede cambiarlo todo
Hay algo que todavía no sabe.
El poder de Nathael no es magia.
No es un hechizo.
No es una técnica alquímica.
Nathael es un Mentalista.
Y el hombre no ha comprendido todavía la diferencia.
Cuando finalmente descubra la verdad, puede que su obsesión tome un nuevo rumbo.
Porque significará que durante años estuvo buscando respuestas en el lugar equivocado.
Sus experimentos.
Sus rituales.
Sus sustancias.
Sus artefactos.
Todo aquello podría haber estado intentando reproducir algo que no podía conseguir mediante magia.
Y un chico de diecisiete años lo ha hecho de manera natural.
Eso puede resultar mucho más doloroso para su orgullo que cualquier robo.
La persecución
El hombre no tiene prisa.
Sabe que Nathael es joven.
Sabe que no posee demasiados recursos.
Y sabe que, tarde o temprano, necesitará utilizar nuevamente sus poderes.
Por eso lo busca.
No como un cazador que persigue una presa.
Sino como un investigador siguiendo una pista.
Cada uso de aquel extraño poder puede dejar un rastro.
Cada persona que haya visto a Nathael utilizar la luz puede convertirse en una fuente de información.
Y mientras Nathael viaja con sus nuevos compañeros, el hombre continúa acercándose.
Todavía no sabe qué hará cuando lo encuentre.
Tal vez simplemente recupere su artefacto.
Tal vez intente convencer al muchacho de colaborar.
Tal vez descubra algo que cambie completamente sus intenciones.
Pero hay una cosa que sí sabe.
Aquel cristal pasó años sin reaccionar.
Y después llegó Nathael.
Un muchacho sin conocimientos.
Sin entrenamiento.
Sin experiencia.
Y consiguió despertar algo que él llevaba años intentando comprender.
Por eso quiere encontrarlo.
No solamente para recuperar su propiedad.
Sino para responder a una pregunta que lleva demasiado tiempo persiguiéndolo:
¿Qué tiene ese muchacho que él no tiene?