Nathael: El ladrón que despertó una luz prohibida

Nathael

Edad: 17 años
Raza: Nephelim Vetala
Clase: Mentalista
Poder Psíquico: Luz
Origen: Bajos fondos

El chico de los callejones

Nathael nació en los barrios bajos de la ciudad.

No recuerda haber tenido una infancia especialmente feliz, pero tampoco la considera desgraciada.

Simplemente fue su vida.

Aprendió desde pequeño que había que saber cuándo hablar, cuándo esconderse y, sobre todo, cuándo correr.

Su familia nunca tuvo demasiado dinero. Nathael tampoco recibió una educación especialmente buena. Aprendió las cosas importantes de otra manera.

Aprendió a reconocer a un guardia por la forma de caminar.

A saber qué comerciantes cerraban sus tiendas demasiado tarde.

A distinguir una puerta que podía abrirse de una que estaba realmente cerrada.

A conocer los callejones donde nadie miraba.

Y aprendió que unas pocas monedas podían significar comer o no hacerlo.

Su sangre Nephelim Vetala era algo que conocía desde pequeño.

No era algo que definiera su vida.

Simplemente sabía que la luz intensa podía hacerle daño y que debía tener cuidado con el sol.

Por eso prefería las calles estrechas, los edificios cubiertos y la noche.

Nunca imaginó que aquello terminaría teniendo una relación directa con el poder que despertaría dentro de él.


Un ladrón mediocre

Nathael empezó haciendo pequeños trabajos.

Llevar mensajes.

Transportar paquetes.

Hacer de vigía.

Y, finalmente, robar.

No era especialmente bueno.

Era rápido, escurridizo y sabía moverse por los lugares adecuados, pero no tenía la experiencia de los auténticos profesionales.

Aun así, conseguía sobrevivir.

Y eso era suficiente.

Nunca se consideró un criminal.

Tampoco se engañaba pensando que era una buena persona.

Si necesitaba dinero y tenía una oportunidad, robaba.

Si podía engañar a alguien sin perjudicar demasiado, lo hacía.

Pero no disfrutaba haciendo daño.

Para Nathael, el crimen no era una cuestión de maldad.

Era una cuestión de supervivencia.

Y mientras pudiera resolver un problema corriendo, prefería correr.


El robo

Todo cambió con un trabajo aparentemente sencillo.

Un intermediario de los bajos fondos le ofreció una cantidad considerable de dinero por entrar en la casa de un hombre que, según él, poseía una pequeña colección de objetos valiosos.

No necesitaba robar mucho.

Solo algo pequeño.

Algo que pudiera venderse fácilmente.

El propietario era un hombre de aproximadamente treinta y cinco años.

Un individuo extraño.

Educado.

Reservado.

Y con suficiente dinero como para permitirse coleccionar objetos que Nathael jamás había visto.

El trabajo parecía sencillo.

Entrar.

Encontrar algo pequeño y valioso.

Salir.

Nadie saldría herido.

Al menos ese era el plan.

Nathael entró durante la noche.

La casa estaba llena de libros, frascos, instrumentos y objetos extraños.

Algunos parecían piezas alquímicas.

Otros tenían símbolos que Nathael no entendía.

Había recipientes con sustancias de colores imposibles.

Metales.

Piedras.

Cristales.

Fragmentos de objetos antiguos.

Era evidente que aquel hombre no coleccionaba simples antigüedades.

Nathael no sabía qué hacía exactamente.

Y tampoco le importaba.

Buscaba algo que pudiera vender.

Entonces encontró una pequeña pieza que llamó su atención.

No parecía especialmente valiosa.

Era un objeto compacto, antiguo y extraño.

Nathael lo tomó.

En cuanto sus dedos lo tocaron, sintió una sensación cálida en la mano.

Durante un instante, creyó ver una pequeña luz recorriendo el interior del objeto.

Pero desapareció inmediatamente.

Nathael sonrió.

—Seguro que vale algo.

Y se lo guardó.

No sabía que acababa de cometer el mayor error de su vida.


El despertar

No consiguió salir tranquilamente.

El propietario regresó antes de lo esperado.

Nathael escuchó la puerta.

Después unos pasos.

Y finalmente una voz.

—¿Quién está ahí?

Nathael salió corriendo.

Atravesó una habitación.

Bajó unas escaleras.

Saltó por una ventana.

Y terminó en uno de los callejones cercanos.

Pero el propietario lo había seguido.

Nathael intentó escapar.

No pudo.

El hombre lo alcanzó.

Nathael no tenía ninguna posibilidad de enfrentarse a él.

Entonces sintió nuevamente aquella extraña sensación.

La misma que había experimentado al tocar el objeto.

Calor.

Presión.

Una luz creciendo dentro de él.

El artefacto que llevaba escondido comenzó a reaccionar.

Y Nathael perdió el control.

Una explosión de luz llenó el callejón.

El hombre gritó.

Nathael cayó al suelo.

Durante unos segundos no pudo ver nada.

Pero cuando recuperó la visión, el hombre seguía cubriéndose los ojos.

Nathael no esperó.

Corrió.


Flash

Aquella noche descubrió que podía crear luz.

Al principio no entendía qué había ocurrido.

Pensó que quizá había utilizado alguna clase de artefacto mágico.

Pero cuando volvió a intentarlo, el fenómeno se repitió.

Esta vez sin el objeto.

Una descarga de luz apareció delante de él.

Nathael descubrió que podía utilizarla para cegar temporalmente a sus enemigos.

La llamó Flash.

No sabía que aquello no era magia.

No sabía que no necesitaba el artefacto.

Ni siquiera sabía realmente qué era un Mentalista.

Solo sabía que había encontrado una forma nueva de escapar de los problemas.


El objeto robado

Nathael conservó el artefacto.

No porque supiera lo que era.

Ni porque sospechara que fuera importante.

Simplemente no consiguió venderlo.

Cada persona a la que intentaba ofrecérselo reaccionaba de una manera extraña.

Algunos no querían tocarlo.

Otros decían que no sabían qué era.

Uno de ellos incluso le ofreció mucho menos dinero del esperado.

Así que Nathael terminó guardándolo.

Con el tiempo empezó a llevarlo consigo.

Sin saberlo, llevaba encima una pieza de la colección de un hombre que llevaba años estudiando fenómenos sobrenaturales.

Un hombre que probablemente ya había comenzado a buscarlo.


Una luz que no debería existir

Meses después desarrolló una segunda capacidad.

Durante una pelea, alguien consiguió alcanzarlo.

Nathael levantó los brazos por instinto.

Una barrera luminosa apareció frente a él.

El golpe fue detenido.

Había creado el Escudo de Luz.

Más tarde llegó el tercer poder.

El Rayo de Luz.

Cada nuevo descubrimiento hacía que Nathael se preguntara qué estaba ocurriendo.

Pero no tenía respuestas.

No sabía que el hombre al que había robado estaba estudiando precisamente fenómenos como aquellos.

No sabía que el artefacto que llevaba consigo había reaccionado ante él.

Y mucho menos sabía que, desde aquella noche, alguien estaba intentando descubrir quién era el muchacho que había provocado aquella reacción.


El hombre que lo busca

Nathael cree que simplemente consiguió escapar de un robo que salió mal.

No sabe que el propietario recuerda perfectamente aquella noche.

Recuerda al ladrón.

Recuerda el destello.

Y recuerda algo todavía más importante.

El artefacto reaccionó.

Durante años había estudiado objetos relacionados con poderes sobrenaturales.

Había realizado experimentos.

Había creado preparados alquímicos.

Había investigado antiguos textos.

Había intentado comprender el extraño don que él mismo poseía.

Pero jamás había conseguido provocar una reacción semejante.

Y entonces apareció aquel muchacho.

Un ladrón de diecisiete años.

Sin formación.

Sin conocimientos.

Sin experiencia.

Y consiguió activar el objeto simplemente tocándolo.

El hombre todavía no sabe por qué.

Tampoco sabe que la fuente de aquella reacción no era la magia.

Nathael no es un hechicero.

Es un Mentalista.

Y esa diferencia puede cambiarlo todo.


Una huida que se convirtió en viaje

Cuando Nathael comprendió que alguien seguía buscándolo, abandonó los barrios bajos.

No porque tuviera miedo de luchar.

Sino porque sabía reconocer una situación que no podía controlar.

No sabía quién era aquel hombre.

No sabía qué quería.

Y tampoco entendía por qué seguía interesado en un simple objeto que Nathael había intentado vender varias veces.

Así que hizo lo que mejor sabía hacer.

Desapareció.

Se unió a otros viajeros y abandonó la ciudad.

Al principio los demás eran simplemente compañeros de camino.

Nathael no confía fácilmente en la gente.

Pero las cosas pueden cambiar.

Quizá termine considerando a aquellos compañeros como parte de su vida.

Quizá llegue a confiar en ellos.

Y cuando eso ocurra, probablemente descubrirá algo que nunca aprendió en los bajos fondos:

que algunas personas no necesitan que huyas para estar a salvo.

A veces se quedan contigo.

Incluso cuando sería mucho más inteligente escapar.

Y cuando llegue el momento en que el hombre de treinta y cinco años finalmente vuelva a encontrarlo, Nathael tendrá que decidir qué hacer.

Entregar el artefacto.

Huir.

Luchar.

O descubrir por qué aquel objeto reaccionó ante él.

Porque quizá el robo no fue un accidente.

Quizá el artefacto llevaba mucho tiempo esperando a alguien capaz de despertarlo.

Y Nathael todavía no sabe por qué fue él.

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