Ronan Silversword: El Billete de la Familia
La carta llegó una mañana de lluvia.
Ronan Silversword la encontró sobre la mesa de la posada donde llevaba varias semanas alojándose. El sobre era grueso, de papel marfil, cerrado con lacre negro. No necesitó ver el sello para saber quién la había enviado: el escudo de los Silversword estaba grabado en la cera, una espada de plata atravesando una corona.
Ronan suspiró.
—Por supuesto…
Durante unos segundos contempló el sobre como si se tratara de un enemigo al que todavía no había decidido si merecía la pena combatir. Finalmente, rompió el lacre. Dentro había una única hoja.
Ronan,
Tu ausencia comienza a ser motivo de comentarios entre los salones patricios de Phaion. Con las Cinco Familias observando cada uno de nuestros movimientos, consideramos que ha llegado el momento de que recuerdes quién eres y cuál es el nombre que portas.
A la recepción del viaje inaugural de “La Dama” asistirán representantes del mismísimo Consejo de las Cinco Familias. Nuestra casa ha logrado conseguir dos invitaciones. Una de ellas será utilizada por tu hermano. La otra está destinada a ti.
No confundas esto con una petición.
Tu padre.
Ronan dejó caer la carta sobre la mesa. Una carcajada breve escapó de sus labios.
—Ni siquiera después de meses saben escribir “te echamos de menos”.
Volvió a leerla. Esta vez reparó en algo que no había visto al principio: una segunda hoja acompañaba a la carta. Era un billete elaborado con papel grueso, filigranas doradas y el emblema del zepelín: un sol alado surcando las nubes.
La Dama.
Ronan tomó el billete entre dos dedos.
Durante meses había huido de las pretensiones de su familia, de sus cenas de gala para codearse con los grandes consorcios, de las lecciones sobre honor y estatus, de las miradas de desaprobación cada vez que prefería una taberna a una recepción de los altos gremios.
Había elegido su propia vida. Había aprendido a luchar con el estoque porque nadie podía obligarle a ser un mero adorno ceremonial. Había aprendido magia porque su familia consideraba que la hechicería debía estar reservada para estudiosos y consejeros, no para un joven que prefería resolver sus problemas por sí mismo.
Y ahora su familia le ofrecía un viaje en el zepelín más famoso de la Costa del Comercio para intentar arañar algo de prestigio ante el Consejo. Ronan sonrió.
—¿Queréis que vuelva a casa?
Se levantó y se colocó frente al espejo. Su camisa estaba arrugada. Su abrigo había conocido días mejores y su cabello llevaba demasiado tiempo sin conocer un peine. Miró después el billete.
—Pues tendréis que esperar.
Aquella misma tarde, Ronan entró en una sastrería de lujo del distrito noble. El dependiente lo reconoció inmediatamente.
—Señor Silversword. —No —dijo Ronan, levantando una mano. —¿Señor? —Ronan. —Por supuesto, señor Silversword. —Eso ha sido exactamente lo contrario de lo que he pedido —sonrió Ronan.
Tres horas después salió de la tienda vestido para codearse con la élite de Phaion. Traje oscuro, camisa blanca, guantes y botas impecables. El estoque descansaba a su cintura y, oculto bajo la manga, llevaba una pequeña bolsa de donde emanaba energía mágica que apenas podía distinguirse a simple vista.
No pensaba convertirse en el hijo perfecto. Pero tampoco iba a presentarse ante las grandes familias vestido como un vagabundo.
La noche anterior a la partida recibió una segunda visita. Esta vez no fue una carta: fue su hermano, que apareció en la puerta de la posada acompañado por dos guardias familiares.
Ronan apoyó la espalda contra el marco.
—¿Vienes a llevarme a casa? —Padre quiere que vuelvas. Los Silversword no podemos permitirnos dar esta imagen si queremos que el Consejo nos tome en serio. —Entonces dile que no. —Siempre haces esto —dijo su hermano, observándolo en silencio. —¿Hacer qué? —Convertir todo en una batalla. —Soy bueno en las batallas —sonrió Ronan. —También eres bueno huyendo de ellas.
La sonrisa de Ronan desapareció. Durante unos segundos ninguno habló. Finalmente, su hermano sacó un pequeño estuche de madera.
—Padre me pidió que te entregara esto.
Ronan lo abrió. Dentro había una insignia de plata con el escudo de los Silversword. Debajo, una pequeña nota:
Un Silversword puede marcharse de casa. No puede dejar de ser un Silversword.
Ronan cerró el estuche.
—Dile a padre que puede quedarse con su apellido. —No puedes —respondió su hermano, mirándolo directamente. —¿Por qué? —Porque ya lo llevas contigo.
A la mañana siguiente, Ronan llegó al puerto aéreo. Los músicos tocaban, los nobles y mercaderes de Phaion conversaban, y los emisarios de las familias dominantes competían por hacerse notar. Frente a todos ellos se alzaba La Dama: bronce, madera oscura y seda de araña. Los enormes globos comenzaban a tensarse mientras los motores de cristal despertaban con un zumbido profundo.
Ronan mostró su billete al encargado. El hombre miró el documento y luego a Ronan.
—Don Ronan Silversword. —Me temo que hoy tendrá que conformarse con Ronan —dijo, haciendo una pequeña reverencia. —Por supuesto, señor Silversword —sonrió el encargado, incómodo.
Ronan pasó junto a él. Entonces escuchó una voz a su espalda:
—No sabía que los Silversword viajaban en zepelín.
Ronan se detuvo. No conocía aquella voz. Giró lentamente y vio a un hombre vestido con un elegante traje gris que lo observaba desde las escaleras de acceso.
—¿Nos conocemos? —Todavía no. Pero probablemente deberíamos —el desconocido sonrió.
Ronan apoyó una mano sobre la empuñadura de su estoque. El hombre levantó ambas manos, divertido.
—Tranquilo. Solo quería decirle algo antes de que embarque. —¿Qué?
El desconocido miró el escudo de plata que Ronan llevaba prendido en el pecho.
—Su familia no le ha enviado a este viaje por casualidad.
Ronan frunció el ceño.
—¿Qué quiere decir? —Que el zepelín no es un destino. Es una pieza —respondió el hombre, midiendo cada palabra—. Y usted… es parte del tablero.
Ronan dio un paso hacia él, pero el desconocido ya se estaba alejando entre la multitud.
—¡Espere!
Demasiado tarde. Había desaparecido.
Ronan permaneció inmóvil unos segundos. Después miró hacia La Dama. Por primera vez desde que había recibido aquel billete, dejó de pensar en él como una oportunidad para escapar de su familia.
Quizá era exactamente lo contrario. Quizá aquel billete era la razón por la que su familia quería que estuviera allí. O quizá ni siquiera era el objetivo; quizá solo era el siguiente movimiento en el juego de poder de Phaion.
Ronan sonrió.
—Ahora sí que me interesa este viaje.