El Vuelo de La Dama: La Prueba de la Cadena
La mañana había comenzado como cualquier otra en el dojo.
El sonido de la madera bajo los pies descalzos. El roce de las telas. La respiración acompasada de los discípulos. Y, de vez en cuando, el seco chasquido de una cadena cortando el aire.
En el patio central, el joven guerrero giraba sobre sí mismo. Una cadena de metal descansaba alrededor de su brazo. No la utilizaba como un arma convencional: la cadena parecía obedecer a algo más que a sus músculos. Con cada movimiento, una tenue vibración recorría los eslabones.
El ki. Todavía era débil. Inestable. Pero estaba allí.
El joven saltó. Durante un instante pareció desafiar la gravedad. La cadena salió disparada hacia una de las columnas del patio, se enrolló alrededor de ella y, aprovechando el impulso, cambió su trayectoria en pleno vuelo hasta aterrizar suavemente.
Los demás alumnos guardaron silencio. El maestro del dojo observaba desde el otro extremo del patio.
—Otra vez. —Maestro… —Otra vez.
El joven suspiró, recogió la cadena y volvió a intentarlo. Esta vez el movimiento fue perfecto. Pero cuando terminó, el maestro negó con la cabeza.
—Has mejorado. —Gracias. —No era un cumplido. —¿Qué he hecho mal? —La utilizas como si quisieras vencer a alguien —dijo el maestro, señalando la cadena.
El joven permaneció callado.
—Tu cuerpo ya sabe moverse. Tu ki empieza a responderte. Pero sigues pensando como un guerrero que quiere derrotar a su enemigo —el maestro se acercó lentamente—. ¿Y qué somos nosotros? —Protectores. —¿Y qué hacemos cuando alguien nos ataca? —Evitar que haga daño. —¿Y si no puedes evitarlo? —Lo detengo. —¿Y si para detenerlo tienes que hacerle daño? —Busco otra manera —respondió el joven, bajando la mirada.
El maestro sonrió.
—Entonces quizá estés preparado.
Aquel mismo día, mientras los alumnos recogían el patio, un hombre vestido con el uniforme de la autoridad portuaria llegó al dojo trayendo un sobre.
—Busco al maestro. —Soy yo —dijo el anciano acercándose.
El hombre hizo una reverencia y entregó el sobre:
—Por orden del gremio de aeronautas y con la autorización de la casa gobernante.
El maestro abrió el documento y sus ojos recorrieron las líneas antes de llamar al joven. Le entregó el papel. Era una invitación formal para el viaje inaugural de La Dama, con un asiento reservado para él como único representante del dojo.
El joven leyó el documento dos veces, incrédulo.
—¿Para mí? ¿Por qué? —Hace tres meses, durante el accidente del puente de los Mercaderes, tres trabajadores quedaron atrapados cuando se rompió una grúa —explicó el maestro—. El gremio estaba buscando personas capaces de actuar durante situaciones de emergencia. Parece que alguien observó lo ocurrido.
El joven recordó aquella tarde. Había sido él quien utilizó su cadena para alcanzar a uno de los hombres, saltó entre dos edificios para sujetar al segundo y mantuvo la tensión de su ki para dar tiempo a que salvaran al último trabajador.
—Pero yo no hice nada especial. —Ese es precisamente el problema de los jóvenes —el maestro soltó una pequeña carcajada y señaló el documento—. Te están ofreciendo un asiento en el viaje inaugural del zepelín más importante de Phaion. —¿Y por qué debería aceptar?
—Porque un guerrero pacifista no demuestra su filosofía escondiéndose del mundo.
Las palabras quedaron suspendidas en el aire.
Dos días después, el joven acudió al puerto aéreo. No llevaba una armadura, ni un uniforme ceremonial, ni una espada. Solo sus ropas de entrenamiento adaptadas para el viaje y sus cadenas cuidadosamente enrolladas alrededor de la cintura, ocultas bajo la tela.
Antes de subir, se volvió hacia su maestro.
—¿Seguro que esto es buena idea? —No. —¿No? —No tengo ni idea de lo que encontrarás allí. Pero tampoco sabes qué encontrarás aquí dentro —dijo el maestro, señalando el pecho del joven antes de colocar una mano sobre su hombro—. Recuerda lo que te enseñé. —No luchar para vencer. —No. —Luchar para proteger. —Tampoco —el maestro sonrió—. Luchar solo cuando no quede otra opción. Y cuando llegue ese momento, no dudes.
El joven asintió y miró hacia arriba.
La Dama se alzaba sobre el puerto. Sus motores emitían un resplandor azulado y los globos de seda se extendían sobre la estructura como las alas de una criatura gigantesca.
Por primera vez, sintió que su ki reaccionaba. Solo un pequeño cosquilleo recorriendo sus brazos, como si algo dentro de él hubiera reconocido aquella nave. Llevó una mano hasta una de sus cadenas y notó cómo los eslabones vibraban ligeramente.
Qué extraño… Tenía la sensación de que La Dama lo estaba esperando.
Al llegar a la entrada, el encargado comprobó su billete, miró el nombre y luego observó los bultos bajo su ropa.
—¿Representante del dojo? —Sí. —¿Y esas cadenas? —Son parte de mi entrenamiento —sonrió el joven. —Espero que no tenga intención de utilizarlas durante el viaje —dijo el encargado, poco convencido. —Yo también.
El hombre lo dejó pasar. El joven subió por la pasarela, sintiendo cómo cada paso lo alejaba del dojo, de su maestro y de la seguridad de las calles conocidas de Phaion.
Al llegar a cubierta, el viento agitó su ropa mientras la ciudad se extendía debajo de él. Entonces escuchó algo. Un metálico clink.
Miró hacia su cintura: una de las cadenas se había movido sola.
La sujetó inmediatamente. Respiró profundamente hasta que el ki volvió a calmarse. Convenciéndose de que solo había sido el bamboleo de la nave, observó cómo La Dama comenzaba a elevarse sobre los tejados de Phaion.
Tenía una certeza que no podía explicar: aquel viaje no iba a poner a prueba su fuerza. Iba a poner a prueba su promesa. Y, por primera vez, tendría que descubrir cuánto podía proteger alguien que había jurado no convertirse en un guerrero.